domingo, 23 de junio de 2013

El portero no declarará hasta saber si el ADN lo compromete.

PERFIL recorrió el lugar donde ocurrió el asesinato. Los cinco pasos. Galería de imágenes.




Desde que se conoció la desaparición de Angeles Rawson, en Ravignani 2360 el clima no es el mismo. Reina el silencio, pero se respira tensión en cada uno de los siete pisos del edificio. La angustia entre los residentes aumenta con el paso de las horas.
Primero, fue la búsqueda desesperada de Mumi; después la presencia masiva e ininterrumpida de medios de comunicación; luego la certeza de que el homicida estaba entre ellos y, finalmente, el punto que elevó la intranquilidad al máximo: la detención del encargado, Jorge Mangeri. Las intrigas cortan el aire. No hay portero, pero los pisos de cerámica del hall permanecen inmaculados. Tan limpios que brillan. Fernando, el encargado suplente no volvió tras declarar como testigo y complicar a su compañero.
Mangeri pasó su primera semana en la cárcel. Está preso en el penal de Ezeiza. Allí recibió ayer a sus nuevos abogados, Miguel Angel Pierri y Marcelo Biondi. Ellos sostienen que la fiscal María Paula Asaro no tiene pruebas suficientes para dejar en prisión a su defendido.
Al menos, todavía. Esperan que el ADN hallado bajo las uñas de la víctima de negativo para pedir la excarcelación por falta de mérito. Por eso, la estrategia apunta a retrasar más de la cuenta la indagatoria. Además, trabajan en desacreditar cada indicio que lo llevó tras las rejas. “Mangeri no posee la logística para hacer todo lo que dice la fiscal”, resume Biondi. No es todo: intentarán probar que el portero fue torturado y presionado para confesar.
Lo que esconde el edificio. PERFIL logró traspasar la puerta celosamente cerrada y vigilada por una cámara de seguridad que reproduce pero no graba. El monitor está instalado en la casa del portero. El hall, donde la fiscal Asaro cree que Mangeri atacó a Angeles, es un pasillo angosto, de unos cuatro metros, algo oscuro y silencioso.
Dos ascensores reflejan su imagen sobre un gran espejo adherido a la pared. El “A” es el departamento más próximo a la entrada. La letra dorada indica la puerta que Mumi cerró por última vez el 10 de junio pasado. Allí vivía junto a su madre, María Elena Aduriz, su padrastro Sergio Opatowski, su hermano Juan Cruz Rawson y el hijo del instructor de pesca, Axel. Todos se fueron. Dejaron la casa cerrada y las persianas bajas. La propiedad está a nombre de su padre biológico, Franklin Rawson.
Detrás de las escaleras, en el extremo izquierdo del lobby, muy cerca del departamento “B”, está el sótano. Otra puerta cerrada que esconde en su interior el misterio del crimen.
Según familiares del único imputado de la causa, no es de grandes dimensiones y Mangeri “no es el único que tiene acceso”. Este dato es conocido por la fiscalía. “Hay algunas bicicletas guardadas y elementos de trabajo”, indicó el pariente de Mangeri.
Fuentes judiciales señalaron que en el último allanamiento la policía secuestró “trapos, materiales de trabajo, una manguera y cuerdas” para peritar. De encontrarse rastros genéticos sobre estos objetos, sólo podrán ser cotejados con dos ADN: el de la víctima y el presunto asesino.
Los investigadores suponen que fue en ese habitáculo donde el homicida le colocó a Angeles una bolsa de supermercado verde en la cabeza, la maniató e introdujo en una bolsa de consorcio para luego ser trasladada a un container de basura.
De tratarse de un accidente, el responsable tuvo opciones para pedir ayuda. Pegada en la puerta del sótano, hay una lista con los números de emergencia. Se trata de una hoja que fue colocada hace tiempo, a juzgar por el color amarillento que reza: “Administración Agüero, Ascensores Galarza, Policía, Bomberos, Same, Defensa civil, Urgencias Aysa y Metrogas emergencias”. Los vecinos de Mumi no quieren periodistas. Inquietan su rutina -aún más- y temen por su seguridad. Se lo hicieron saber a la familia de Mangeri.
Diana Saettone está refugiada en su departamento, el del último piso, que compartía hasta hace pocos días con su marido, preso en Ezeiza. Ella también tiene miedo, pero no a los robos ocasionales. Cree que su vida está en peligro.